Una hora tarde y sin papelito: lo que nos enseña una presentación que salió mal

Lenguaje no verbal, expresión oral y preparación: tres lecciones de la fallida comparecencia del expresidente de Colpensiones ante el Senado

Hay presentaciones que se pierden antes de empezar. La de Carlos René Montoya, recién nombrado presidente de Colpensiones, ante la Comisión Séptima del Senado es una de ellas. Llegó una hora tarde, apresurado y confundido, y la presentación que llevaba no le funcionó. Tenía apenas dos días en el cargo y debía sustentar su conocimiento de la entidad que administra las pensiones de más del 80 % de los jubilados en Colombia.

Lo que siguió fue una lección pública —y costosa— sobre algo que vale para cualquier gerente, docente, emprendedor o candidato: cuando uno se presenta ante un público que conoce el tema, el cuerpo, la voz y las palabras cuentan una historia, y esa historia casi siempre es la de cuánto se preparó.

Este no es un juicio sobre la persona. Es un análisis de comunicación: qué percibe una audiencia experta cuando el expositor no tiene el control del contenido, y qué podemos aprender de ello.

1. El cuerpo habla primero: señales de estrés frente al público

Desde los primeros minutos, el lenguaje corporal del expositor fue transmitiendo un mensaje que ninguna diapositiva habría podido corregir. Se balanceaba en la silla, sonreía nerviosamente mirando hacia abajo, se acomodaba el nudo de la corbata, se rascaba la nariz, intentaba abrirse el cuello de la camisa, se mordía los labios, tomaba agua, se cubría la cara con la palma de la mano, cruzaba los brazos y se encogía de hombros.

En psicología de la comunicación, muchos de estos gestos se conocen como conductas autotranquilizadoras o adaptadores: movimientos que hacemos, casi siempre sin darnos cuenta, para regular la incomodidad. Tocarse la cara, el cuello o la corbata; beber agua con frecuencia; balancearse. Son la forma en que el cuerpo intenta calmarse cuando la situación lo desborda.

Conviene hacer una precisión importante: estos gestos no indican que alguien esté mintiendo. Ese es un mito muy extendido. Lo que sí indican, sobre todo cuando aparecen agrupados y de manera repetida, es estrés, inseguridad o pérdida de control. Y eso es exactamente lo que lee una audiencia:

  • La mirada hacia abajo y la sonrisa nerviosa comunican sumisión y falta de confianza en lo que se dice.
  • Los brazos cruzados y el encogimiento de hombros sugieren cierre, resignación o incapacidad para responder.
  • Las manos en la cara y el cuello revelan que el expositor está más ocupado en calmarse que en convencer.
  • La búsqueda de un apoyo externo —leer la pantalla, mirar a su asesora— muestra que el conocimiento no está en la persona, sino afuera.

Un público experto no necesita formación en lenguaje no verbal para captar todo esto. Lo percibe de forma intuitiva y, en un escenario competitivo como un debate de control político, lo interpreta como una señal de vulnerabilidad. Como dice el guion original de este análisis: los tiburones sintieron el olor a sangre.

2. Las palabras que hunden: errores de expresión oral

Si el cuerpo mostraba inseguridad, las palabras la confirmaron. Vale la pena revisar algunas frases, porque cada una ilustra un error frecuente al hablar en público.

La autodescalificación. «Administrativamente a Colpensiones lo estoy entendiendo, porque sería irresponsable decir que conozco la entidad profundamente». La honestidad es valiosa, pero admitir desconocimiento al comienzo de una exposición, sin ofrecer a cambio un plan o una ruta, equivale a entregarle al auditorio el argumento con el que lo van a cuestionar.

La anécdota fuera de lugar. Para mostrar dominio del tema, mencionó que había hecho su tesis de grado sobre la Ley 100: «Entonces para mí es como Navidad». El recurso buscaba generar cercanía, pero frente a senadores que esperaban cifras y diagnósticos sonó a ligereza y búsqueda de indulgencia. Los recursos retóricos funcionan cuando refuerzan un contenido sólido; cuando lo reemplazan, lo debilitan.

Confesar la falta de preparación. «No traje papelito». Una frase así, dicha en voz alta ante una comisión, convierte una sospecha del auditorio en una certeza.

La imprecisión en lo esencial. «Estamos descuadrados», acompañado de un gesto de «no importa». Y luego: «Los gastos totales proyectados son equivalentes, más o menos». En temas técnicos, el «más o menos» es letal. Cuando la audiencia espera precisión, las expresiones vagas se leen como desconocimiento.

Abrir una puerta sin poder cruzarla. «Estoy abierto a las preguntas». Invitar a preguntar es una buena práctica… siempre que uno pueda responder. Sin preparación, es invitar al auditorio a confirmar lo que ya sospecha.

Delegar en público. Ante las preguntas, ofreció que su asesora respondiera «a nivel de detalle». El secretario de la comisión recordó que, para que ella interviniera, sería necesario declarar la sesión informal. El salvavidas estaba desinflado. Y el mensaje para el auditorio fue claro: el responsable de la entidad no podía responder por ella.

A esto se suman los titubeos, la explicación confusa del faltante en el sistema público de pensiones y las solicitudes de consideración por lo reciente del nombramiento. Ninguna funcionó. La respuesta de los senadores fue contundente: «Que sea el propio director el que nos explique»; «¿O va a llegar a aprender?»; «Uno tiene que ser coherente: en campaña se dijo que llegan los técnicos a las entidades».

3. La preparación: la única defensa real

El desenlace es conocido: el funcionario dejó el cargo poco después. Y la lección cabe en una frase: cuando uno va a presentarse ante un público conocedor tiene dos alternativas: prepararse muy bien o saber mucho del tema. Lo ideal es ambas. En este caso no ocurrió ninguna de las dos.

La preparación no es solo tener la información. Es lo que permite que el cuerpo se relaje, que la voz suene firme y que las respuestas fluyan. Buena parte del lenguaje no verbal que vimos no se corrige con técnicas de postura: se corrige con dominio del contenido. La seguridad que se ve es, en gran medida, la seguridad que se tiene.

El auditorio lo nota, más si hay enemigos políticos

Una presentación es mucho más que un conjunto de diapositivas. Es un acto de comunicación en el que el contenido, la voz y el cuerpo deben contar la misma historia. Cuando no hay preparación, esa coherencia se rompe y la audiencia —sobre todo si es experta— lo percibe de inmediato.

El caso de Colpensiones es extremo por su visibilidad y sus consecuencias, pero escenas parecidas ocurren todos los días en juntas directivas, salas de clase, reuniones con clientes y entrevistas de trabajo. La buena noticia es que el remedio está al alcance de cualquiera: prepararse. Porque frente a un público que sabe, la improvisación no se disimula: se nota.


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