Marketing de guerra: las cuatro estrategias que definen quién gana el mercado

«Todo movimiento militar es importante para la nación porque se trata de vida o muerte, de supervivencia o destrucción. Es imperativo, por lo tanto, estudiarlo muy atentamente».
Sun Tzu, El arte de la guerra.

Hace más de dos mil quinientos años, Sun Tzu escribió que ningún movimiento militar puede tomarse a la ligera. Veintitrés siglos después, el prusiano Carl von Clausewitz, en su tratado De la guerra, sistematizó la estrategia militar moderna a partir de conceptos como la fuerza, el terreno, la sorpresa y la concentración de recursos. Ninguno de los dos escribió pensando en marcas, consumidores o cuotas de mercado. Pero en 1986, Al Ries y Jack Trout tomaron esa tradición milenaria y la trasladaron, con notable precisión, al campo de batalla comercial en su libro Marketing de Guerra o La Guerra de la Mercadotecnia (Marketing Warfare), una obra pionera que sigue siendo, casi cuatro décadas después, uno de los marcos más útiles para entender la competencia entre marcas.

La tesis central de Ries y Trout es tan simple como incómoda: el marketing no es necesariamente un ejercicio de servir mejor al cliente, sino un conflicto por el territorio mental y comercial que ocupa la competencia. Y como en cualquier conflicto, la posición que se ocupa en el mercado determina qué tipo de estrategia conviene librar. No es lo mismo ser el líder que el retador, ni el retador que el especialista de nicho. De ahí que Ries y Trout propongan cuatro tipos de estrategias, cada una asociada a una posición competitiva distinta: defensa, ataque, flanqueo y guerrilla.

Defensa: el privilegio (y el riesgo) de ser el líder

La estrategia defensiva solo está disponible para quien ya domina el mercado. No es una opción para el segundo, el tercero o el aspirante: es, literalmente, el premio de haber llegado primero a la mente del consumidor, no al mercado. Pero ese privilegio viene con reglas estrictas: la mejor defensa es el autoataque (el líder debe canibalizar sus propios productos antes de que lo haga la competencia) y el líder debe bloquear sistemáticamente los movimientos fuertes de sus rivales.

Estos son algunos de los frentes en los que suele librarse la defensa:

  • Autoataque de producto (canibalización): Apple lanza versiones más económicas o más premium de su propio iPhone antes de que un competidor ocupe ese espacio de precio.
  • Bloqueo de innovación: Gillette lanza nuevas generaciones de sus máquinas de afeitar apenas detecta avances tecnológicos de Bic o Schick, para no dejarles terreno.
  • Ampliación de portafolio: Coca-Cola cubre casi todas las subcategorías de bebidas con nuevas marcas (agua, jugos, energizantes, té) para no dejar huecos que un nuevo entrante pueda ocupar.
  • Igualación de canal o precio: las grandes cadenas de supermercados igualan o se acercan a los precios de los discounters para no perder tráfico frente a ellos.
  • Respuesta rápida a la disrupción: Bancolombia impulsó su propia transformación digital (Nequi, Wompi) en lugar de esperar a que las fintechs se lo arrebataran desde afuera.

Ataque: golpear la fuerza del líder, no su ausencia

Si la defensa es privilegio del número uno, el ataque es la estrategia del número dos o tres: una marca con recursos suficientes para desafiar al líder, pero no para replicar su posición. Aquí Ries y Trout son enfáticos en un punto que suele malinterpretarse: atacar no es buscar dónde el líder es débil, sino estudiar primero dónde es fuerte, porque esa fuerza revela, por contraste, el punto exacto de su vulnerabilidad. Y ese ataque debe librarse en un frente lo más reducido posible.

Estos son los frentes de ataque más comunes:

  • Precio: el retador ofrece una mejor relación precio-valor sin sacrificar la percepción de calidad, atacando la estructura de costos del líder.
  • Servicio o atención: Avis atacó a Hertz precisamente en el terreno donde su tamaño podía leerse como distancia con el cliente, con su célebre «We try harder» (nosotros nos esforzamos más).
  • Especialización: un retador se enfoca en un solo uso o segmento donde el líder, por ser generalista, no puede competir con la misma profundidad.
  • Innovación tecnológica: el retador salta una generación tecnológica completa, dejando obsoleta la fortaleza actual del líder.
  • Imagen o actitud: el retador se posiciona como la alternativa disruptiva frente al «establishment» que representa el líder, como hizo Pepsi con su «Generación Pepsi» frente a Coca-Cola.

Flanqueo: moverse hacia el territorio que nadie disputa

El flanqueo es la estrategia más innovadora y también la más subestimada. No consiste en enfrentar al líder de frente ni en pelear por su fuerza, sino en desplazarse hacia un área del mercado que todavía no está disputada. Las claves de un buen flanqueo son tres: moverse hacia un espacio genuinamente libre, actuar con sorpresa, y entender que la persecución del logro es tan importante como el ataque mismo.

El flanqueo suele construirse sobre atributos muy concretos, entre los que destacan:

  • Precios bajos: cadenas como D1 o Ara flanquearon a los supermercados tradicionales colombianos por el costado del precio, un territorio que Éxito o Carulla no defendían con la misma agresividad.
  • Precios altos: marcas como Rolex o Hermès no compiten por participación de mercado, sino que flanquean por arriba, ocupando el extremo del lujo.
  • Tamaño pequeño: el Smart o el Mini Cooper flanquearon a la industria automotriz clásica ofreciendo compacidad urbana.
  • Tamaño grande: las camionetas y SUV familiares flanquearon el segmento de los sedanes apelando a espacio y versatilidad.
  • Distribución: Amazon flanqueó al comercio minorista tradicional reinventando por completo el canal de distribución.
  • Forma del producto: Pringles flanqueó a las papas fritas tradicionales con un empaque cilíndrico y una forma de producto distinta.
  • Menos calorías: Coca-Cola Zero y, antes, Diet Coke, flanquearon el mercado de gaseosas azucaradas apelando a un atributo que el producto original no podía reclamar sin canibalizarse.

Guerrilla: pequeño, ágil y consciente de sus límites

La guerrilla es la estrategia de la mayoría de las empresas del mundo: negocios pequeños y especializados, sin recursos para atacar de frente ni para flanquear un mercado completo. Su lógica es encontrar una porción del mercado lo suficientemente pequeña como para poder defenderla con éxito. Por más éxito que logre, una marca guerrillera nunca debe comportarse como si fuera el líder, y debe estar siempre preparada para retirarse en el momento en que se le indique.

Las guerrillas más comunes se libran en siete frentes:

  • Geográficas: dominar un barrio, una ciudad o una región antes de pensar en expandirse.
  • Demográficas: enfocarse en un grupo generacional o poblacional muy específico, como marcas dirigidas exclusivamente a la Generación Z.
  • Relacionadas con industrias: especializarse en un sector B2B concreto (salud, construcción, agroindustria).
  • Relacionadas con productos: dominar una categoría de producto muy acotada, como una marca que solo hace salsas picantes artesanales.
  • De extremo superior: posicionarse en el segmento premium o boutique de una categoría, como los hoteles boutique frente a las grandes cadenas.
  • De extremo inferior: ocupar el segmento económico o de descuento, sirviendo a un público que las marcas grandes desatienden.
  • Alianzas: unir fuerzas con otras marcas pequeñas o complementarias para ganar escala y defenderse conjuntamente de competidores mayores.

Elegir la guerra correcta

La lección más importante entonces es un diagnóstico honesto de las posibilidades tácticas de un producto o servicio y desde allí construir la estrategia. Antes de decidir cómo competir, toda marca debe responder con honestidad qué posición ocupa realmente en su mercado. Un retador que actúa como si fuera líder desperdicia recursos defendiendo un territorio que no domina; una guerrilla que se comporta como gigante pierde precisamente la agilidad que la mantiene viva. Sun Tzu lo advirtió primero para los ejércitos y Clausewitz lo formalizó después para los Estados: conocer el propio terreno, y el del adversario, es la diferencia entre una estrategia y una improvisación costosa. Ries y Trout simplemente demostraron que esa misma lección, aplicada con disciplina, también decide qué marcas sobreviven en el mercado.

Antes de arrancar la campaña electoral: el arte de saber esperar

Muchos candidatos viven hoy una misma escena: están ansiosos por comenzar la carrera electoral. Quieren salir ya a conquistar votantes, publicar contenido y hacer presencia en todos los espacios posibles. Sin embargo, este afán puede ser un error estratégico.

Antes de lanzarse a comunicar, es fundamental entender cómo funciona la mente del elector. Todo mensaje político tiene una finalidad: conectar ideas con las emociones y preocupaciones del votante. Pero si el público aún no está en “modo elección”, ese mensaje simplemente no se escucha.

En este momento, la mayoría de los ciudadanos en Colombia no está pensando en política. Están centrados en Halloween, Navidad y los planes de fin de año. En ese contexto, invertir grandes esfuerzos en visibilidad política puede ser ineficaz, así lo recomendamos a nuestros clientes políticos en NARANJO+CÁLAD.

Entonces, ¿qué deberían hacer los candidatos ahora? Este es el momento ideal para afinar el mensaje, ajustar la estrategia y fortalecer las alianzas con los equipos y entidades que más adelante serán clave en la ejecución de la campaña. Es tiempo de diagnóstico, planeación y conexión con los territorios y comunidades.

Candidatos: calma. La carrera apenas comienza, y la preparación que hagan hoy marcará la diferencia cuando llegue el verdadero momento de competir por la atención —y el voto— del elector.

Sergio ganó la discusión, Iván perdió la elección

No, no se trata de Sergio Fajardo, ni de Iván Duque. Esta es la breve historia de cómo el ego de los participantes en las campañas políticas, puede afectar significativamente su desarrollo y sus resultados. Iván, no Duque, consiguió cerca de 30 mil votos en las elecciones legislativas de 2018 y, arrastrado por la votación de uno de sus copartidarios, ganó nuevamente una curul en el Senado, que décadas atrás había ocupado bajo las banderas de otro partido. En las elecciones pasadas de 2022 no alcanzó ni siquiera una cuarta parte de esa votación ¿Qué pasó? Aquí parte de la explicación.

Nos contactó su novia, en ese entonces, para pedirnos que nos reuniéramos con él y le ayudáramos a plantear la estrategia de campaña que emprendería para aspirar a ser reelegido como senador de la República. Después de haber peleado con los dirigentes del otrora su partido político ahora volvería a aspirar por un nuevo movimiento político que pretendía darle un nuevo aire a parte del espectro político de centro en Colombia.

Nos reunimos con él y su hijo, en su finca del oriente antioqueño en diciembre y para enero ya teníamos una idea clara de las dos rutas que debía seguir la campaña de este Iván: Hablar de economía para la gente, que era su tema de especialidad, y reforzar su relación previa con un inmolado líder político y ahora con quien parecía convertirse en el líder del nuevo movimiento político por el que aspiraba de nuevo al Congreso. Desarrollamos un plan de medios, junto con la central de medios, que incluía vallas, radio pero sobre todo, pauta digital para, por medio de una cuidadosa microsegmentación, dirigir diferentes mensajes a públicos seleccionados, de una entrevista general que haría un personaje reconocido y de quién aún no teníamos confirmación.

Era necesario presentar al candidato con su rostro y nombre para evitar confusiones con el nombre de un dirigente guerrillero, que por extraña que parezca, habíamos detectado en los sondeos iniciales que hicimos. Tampoco ayudaba que la imagen del partido político por el que aspiraría, se mezclara con otros logos y perdiera su capacidad de reconocimiento en un tarjetón en el que no habría rostros de personas sino logos de partidos y números. Sugerimos también que las cuñas radiales tuvieran su voz y la voz del líder del partido, para dejar claro que era este Iván, y no otro, el que buscaba volver a ocupar una de las curules del Congreso de Colombia

En una de las reuniones que tuvimos con el candidato, su novia y la joven gerente de campaña, se mencionó la presencia de Sergio, no Fajardo, como asesor, dejando claro que nosotros nos encargaríamos de la estrategia y él apoyaría a los diferentes equipos en el trabajo creativo. Incluso el candidato llamó a este asesor, una tarde de reunió y le habló de las decisiones que habíamos tomado, en las que habría una clara jerarquía de decisión.

Nuestro contacto con la campaña en Bogotá era su comunicadora y quien se encargaría de publicar en redes y estar atenta a los requerimientos de la Central de Medios. Reconocía no ser comunicadora y por lo visto su gestión no era la mejo. Luego de casi cuatro años de trabajo del Senador, no había una base de datos que superara los mil registros, ni se acostumbraba un contacto permanente con los medios. Sabíamos que necesitábamos apoyo externo, además para darle objetividad a la ejecución de la campaña.

También nos reunimos en videollamada con los demás miembros de su Unidad de Trabajo Legislativo y presencialmente con un joven concejal de Bogotá que decidió apoyar la nueva aspiración parlamentaria del candidato y comenzó a plantear la modificación de los mensajes de la campaña. Estaba convencido que no se debía mostrar a un Iván reflexivo, hablando de economía y con buzo rojo. Nosotros sí. Muchas manos empezaban a meterse en la receta de la campaña que comenzaba a parecerse más a un comité que a un cuadro estratégico. Como decía Sir Alex Issigonis, «un camello es un caballo diseñado por un comité».

Tratamos de reunirnos con Sergio, el asesor, pero andaba de viaje. La siguientes semanas fueron más de lo mismo, sin poder organizar una reunión. De modo que debimos esperar hasta finalizar el mes de enero y contarle de los avances en los que, con la aprobación del senador, su gerente de campaña y miembros de su UTL, ya había comenzado la producción de algunas piezas publicitarias. El tiempo apremiaba y ya habíamos descartado algunas de las ideas surgidas en una reunión a finales de año en las que Sergio, no Fajardo, pedía las opiniones de todos y tomaba las que apoyaban su idea de repetir, casi sin cambios, la campaña de hacía cuatro años.

Luego de que regresó de su viaje a Santa Fé de Antioquia, Sergio, comenzó dejándonos en claro que él era amigo de Marulanda y su flamante asesor en las pasadas elecciones y aventuras como precandidato a la presidencia de la República, «yo soy el que defino lo que se hace» nos dijo. Una nueva versión de la tristemente célebre frase «Ustedes no saben quién soy yo». Dicho sea de paso, también sabíamos que había acompañado a Sergio, esta vez sí Fajardo, en algunas de sus campañas y que era el responsable en buena medida de posiciones etéreas y gaseosas que le habían ayudado a construir al matemático su desafortunado posicionamiento político de «tibio».

Le comentamos todos los avances y el peligro que entrañaba para la campaña desechar los acuerdos estratégicos a los que ya habíamos llegado, por asuntos del nuevo contexto del país y del tiempo que necesitábamos para su ejecución, pero no nos escuchó. Él estaba decidido a que la campaña se hiciera prácticamente como se había hecho hacía cuatro años. Incluso planteo que se usara la misma foto y el mismo lema, no había nada que cambiar. Pero la realidad era que ya no contaban con una maquinaria fortalecida de hacía cuatro años y quien se vislumbraba como el nuevo estandarte del partido en las elecciones legislativas no parecía tener el caudal electoral que había demostrado otro candidato hacía cuatro años, de modo que habría poco o ningún arrastre para la repartición de curules.

Todo lo que habíamos hecho le parecía regular o malo al Sergio. Según él nosotros no entendíamos el lenguaje de Iván y las tácticas de la política, nos insistía. En un momento se agotó mi poca paciencia y le dije que las desiciones de esta campaña estaban bajo nuestra responsabilidad y que éramos nosotros los que decidíamos, tal como lo acordamos con el candidato y la gerente de campaña. Que las vallas ya habían comenzado a instalarse en Bogotá y que no había como modificar ni la foto ni el concepto de campaña. Terminó la reunión en esos términos y no volvimos a saber del susodicho asesor por unos días… sabíamos que no era un silencio de calma.

Por supuesto, el personaje fue con la queja al candidato de que había tenido una discusión con nosotros en ESTRATEGOS y decidió usar sus afectos personales para interponerse en la estrategia que planteamos, sembrando en Iván el miedo a que su última campaña política no funcionara, como en efecto sucedió. El candidato, ese hombre decente y respetuoso, nos enseñó su versión autoritaria y de superioridad moral para descalificar el trabajo, que días atrás había aprobado. Así dejó abierto el espacio para que su amigo hiciera con la campaña lo que considerara.

Sergio ya había hablado también con la comunicadora y los miembros de la UTL del Senador para aprovechar la reunión y ganar definitivamente la discusión sobre lo que había que hacer en campaña. Así fue, de nada sirvió que insistiéramos en la importancia de segmentar los públicos, a través de una pieza digital en la que el candidato podría ampliar sus propuestas, de la mano de un entrevistador que generara interés en la audiencia y facilitara el consumo del mensaje.

Quedamos en volver a reunirnos al día siguiente para evaluar algunos cambios que acordaríamos, pero no hubo tal reunión, ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Ni la gerente, ni el candidato volvieron a responder a nuestros mensajes o llamadas. Semanas después nos mandaron un correo para decirnos que ya la campaña iba muy lejos y que no tenían tiempo para reuniones. ¿Ahora sí no había tiempo?. Nos impactó como un hombre como Iván, no Duque, que había puesto a la dignidad y el respeto como una de sus banderas en una larga carrera política, no tenía con nosotros la decencia para contestarnos y decirnos que no quería que siguiéramos en su campaña.

La campaña viró en mostrar un candidato en las calles repartiendo periódicos y reuniéndose con pequeños grupos de personas. El rojo del outfit fue retocado para quedar gris, al igual que los mensajes de la campaña. No hubo piezas digitales, ni entrevista con un reconocido personaje de la farándula criolla. Finalmente llegó el día de las elecciones y los resultados hablaron por sí solos. El exsenador pasó de tener cerca de 30 mil votos, que le valieron una curul en la elección al Senado de Colombia en 2018, a tener menos de 8 mil votos en la última elección. Sergio había ganado la discusión pero Iván había perdido la elección.